
Oliverio me dijo: "Ya sé que estás desnuda, pero puedes mirarme con los ojos tranquilos. Los días nos enseñan que la fealdad no existe".
Tenés razón mi amigo le respondí, pero no soy fea, soy gorda.
Gorda o gordita, así me llamaban de niña cuando lo era, y así me siguieron llamando cuando crecí y dejé de serlo. Por lo que el gorda dejó de ser una condición para ser una definición, y tan incorporado lo llevo que creo que todos los espejos del mundo me hacen descuento.
El otro día después de vomitar un kilo de fideos con salsa boloñesa, blanca, rosé, y al pesto con mucho ajo, además de unos cuantos chorizos encebollados con ajíes picantes, pepinos, picles, panceta, y muchas frutillas con pimienta al medio día, además de tres docenas de churros con dulce de leche y crema pastelera por la tarde, deseé con toda mi alma que llegara ella...
Cuando la parca llegó, me fisgó desconcertada, y pensando en voz alta dijo: - Creo que me equivoqué de lugar, estoy buscando a una gorda y ésta es escuálida, temo que su esqueleto haga ruido ¿Me la llevo igual? No, mejor me voy silbando bajito, se me puede armar lío. ¡Me da pena esta flaca, parecía contenta de verme!
Y así se fue la parca, silbando bajito y yo perdí nuevamente la esperanza de que se llevaran definitivamente a la gorda, entonces decidí sacar provecho de mi condición y me inscribí en el "Concurso Latinoamericano de Belleza Rechoncha", porque al final de cuentas yo era una gordita linda.
Los organizadores se irritaron conmigo y me acusaron de discriminación y de burla a la clase obesa.
Mi existencia era cada día mas rancia, los gordos me rechazaban y yo repudiaba a los flacos de pura costumbre; me sentía como un subterráneo sobre la tierra, como lluvia seca; decidí entonces gastar todo el dinero que tenía...
En el supermercado compré provisiones como para un mes, con la única intención de consumirlas en un solo día, estaba retando a duelo a la parca y esta vez, si ella no lo hacía, lo haría sin su ayuda.
Preparé la mesa con la exquisitez de un encuentro de dos, y con comida para cien; era un menú internacional, con lo mejor de la comida española, francesa, china, alemana, e israelí. Adorné la mesa con flores y velas de colores, puse el disco de Puccini con Madame Butterfly y Turandot que me regaló papá cuando cumplí los veinte, y vestí lo más seductor que encontré en mi escaso guardarropa.
Cuando el ritual estaba preparado para sus fines, sonó el timbre.
- Es la parca, me dije eufórica. Se adelantó, pensé. Corrí hacia la puerta y le abrí emocionada.
Era mamá. Se sorprendió delante de los preparativos del festín.
- Qué pena, me dijo. No puedo quedarme, voy al cine con papá. Estás flaca gordita, cuidate, te traje un matambre. - ¿Comiste hoy?
- ¡No, mamá, ni pienso!
Isabel Estercita Lew
Tenés razón mi amigo le respondí, pero no soy fea, soy gorda.
Gorda o gordita, así me llamaban de niña cuando lo era, y así me siguieron llamando cuando crecí y dejé de serlo. Por lo que el gorda dejó de ser una condición para ser una definición, y tan incorporado lo llevo que creo que todos los espejos del mundo me hacen descuento.
El otro día después de vomitar un kilo de fideos con salsa boloñesa, blanca, rosé, y al pesto con mucho ajo, además de unos cuantos chorizos encebollados con ajíes picantes, pepinos, picles, panceta, y muchas frutillas con pimienta al medio día, además de tres docenas de churros con dulce de leche y crema pastelera por la tarde, deseé con toda mi alma que llegara ella...
Cuando la parca llegó, me fisgó desconcertada, y pensando en voz alta dijo: - Creo que me equivoqué de lugar, estoy buscando a una gorda y ésta es escuálida, temo que su esqueleto haga ruido ¿Me la llevo igual? No, mejor me voy silbando bajito, se me puede armar lío. ¡Me da pena esta flaca, parecía contenta de verme!
Y así se fue la parca, silbando bajito y yo perdí nuevamente la esperanza de que se llevaran definitivamente a la gorda, entonces decidí sacar provecho de mi condición y me inscribí en el "Concurso Latinoamericano de Belleza Rechoncha", porque al final de cuentas yo era una gordita linda.
Los organizadores se irritaron conmigo y me acusaron de discriminación y de burla a la clase obesa.
Mi existencia era cada día mas rancia, los gordos me rechazaban y yo repudiaba a los flacos de pura costumbre; me sentía como un subterráneo sobre la tierra, como lluvia seca; decidí entonces gastar todo el dinero que tenía...
En el supermercado compré provisiones como para un mes, con la única intención de consumirlas en un solo día, estaba retando a duelo a la parca y esta vez, si ella no lo hacía, lo haría sin su ayuda.
Preparé la mesa con la exquisitez de un encuentro de dos, y con comida para cien; era un menú internacional, con lo mejor de la comida española, francesa, china, alemana, e israelí. Adorné la mesa con flores y velas de colores, puse el disco de Puccini con Madame Butterfly y Turandot que me regaló papá cuando cumplí los veinte, y vestí lo más seductor que encontré en mi escaso guardarropa.
Cuando el ritual estaba preparado para sus fines, sonó el timbre.
- Es la parca, me dije eufórica. Se adelantó, pensé. Corrí hacia la puerta y le abrí emocionada.
Era mamá. Se sorprendió delante de los preparativos del festín.
- Qué pena, me dijo. No puedo quedarme, voy al cine con papá. Estás flaca gordita, cuidate, te traje un matambre. - ¿Comiste hoy?
- ¡No, mamá, ni pienso!
Isabel Estercita Lew









































