
"La famosa cantante de óperas Susana Marchi incendia su casa. Su amante Jack Cartola, muere en la tragedia".
Se conocieron en el Teatro Colón el día de "La lluvia de alas"; día totalmente extraño, al que ni científicos, ni curanderos le encontraron explicación.
La lluvia de alas, fue una tormenta de pájaros que sacudió a Buenos Aires durante un día. Millares de pájaros invadieron la ciudad enloquecidos. Se estrellaban contra cristales, paredes y puertas, desvalidos del don del poso. Las personas se protegían con todo lo que tuviesen a mano, o con las propias manos. Al estrellarse los cuerpos de las aves caían, aunque las alas continuaban volando.
El atardecer sorprendió a la ciudad con un cielo alado, de colores tan variado como lo era el plumaje de todas las aves del mundo.
Los pájaros atravesaron los vidrios del Teatro Colón y uno de ellos entró en la boca de Susana Marchi, una mujer obesa y aprisionada en su propio cuerpo que ahora estático no reaccionaba. Impedida de expulsar al pájaro, se asfixiaba.
Jack la vio, corrió hacia ella y practicando una maniobra tenaz y certera, extrajo el pájaro de su boca, devolviéndole el aliento. Jack acabada de realizar el primer acto heroico de su vida, aunque irónicamente había salvado a su verdugo.
Se enlazaron en un vértigo inusitado, como si sus almas hubieran vagado por los mundos desde tiempos primitivos a la espera de este encuentro.
Pese a sus treinta años, Susana Marchi descubría por primera vez el placer del amor. Había vivido empacada en un baúl de emociones contenidas, y ahora, entre plumas y alas, su cuerpo flotaba junto al de él.
El bohemio Jack era un personaje promiscuo de La Belle Époque. Jugaba, bebía y fumaba demasiado. Había participado de las orgías más excéntricas, con todo, en sus cincuenta años de excesos, jamás conoció el amor.
Bañados de plumas, corrieron de alas dadas hasta la casa de Jack; allí permanecieron durante cinco días y cinco noches, alimentándose de ellos.
Cuando la cantante retornó al teatro, deslumbró a los integrantes de la orquesta con la rara belleza que la envolvía. Frente a millares de espectadores ansiosos, la figura solemne de Susana Marchi se dirigió hacia el centro del palco. Los violines y violonchelos tocaron la armoniosa introducción. Su diafragma se abrió transportando el aire hacia sus cuerdas insuperables, su boca dibujando una “O” pronunciada, se dispuso a emitir la nota aguda de Signor ascolta.
Un silencio pavoroso invadió el espacio, su boca se movía callada, sin canto. Susana Marchi había perdido la voz.
En el desorden de la cama ella lo devoraba. Aquella noche supo que debía pagarle a los dioses el precio de su pasión, y si de eso se trataba, lo aprovecharía hasta el desmayo.
La intensidad amaneció sin vida, las plumas se fueron quemando junto con su amor.
Susana Marchi recuperó su voz, pero nunca más se atrevió a volar.
Isabel Estercita Lew










































