miércoles, 16 de abril de 2008

CHICO PATA DE INDIO Y NOSOTROS


A las cuatro de la tarde cuando el sol comenzaba a bajar, Chico Pata de Indio, el vendedor de panchos, dejaba sus últimas salchichas friéndose al sol, allí mismo, en la playa de Salvador de Bahía, y se juntaba a su equipo de fútbol de arena.
Él y su equipo siempre le ganaban a los turistas, sean de Río, Sao Pulo, Brasilia, o a “los gringos”, como les decían a los uruguayos, argentinos o chilenos; después de todo nadie sabía correr como ellos sobre la arena, donde probablemente habían dado sus primeros pasos, en cambio los otros por mas animales que fueran, siempre serían animales de asfalto, por mas atorrantes que fuesen, serían atorrantes de concreto, ellos eran vagos salados, que habían dormido siempre bajo el cielo abierto de la playa, a no ser cuando lo hacían en la cárcel. De cualquier forma fútbol era fútbol sin herejías, las transgresiones jamás se hacían en ese lugar, porque hasta el más bandido tenía sus principios y en el espacio en que se realizaba el juego las normas eran sagradas.
Mi amigo el Gurí era uruguayo como yo, vino por aventuras y se fue quedando de curioso, además era músico y su sueño era conocer y tocar junto a Vinicius de Moraes. El Gurí quería ser un tipo de compositor capaz de ganar el cariño de cualquier mujer, le faltaba que lo descubrieran además de una buena guitarra. Mi amigo se fue quedando en Bahía, se hizo amigo de Chico Pata de Indio y yo por ósmosis. No fue fácil ganarme el respeto de Chico y su grupo, para ellos yo tenía tres defectos terribles: ser mujer, lesbiana y según decían ellos, más fea que gallina desplumada. Como no elegí ninguno de esos tres defectos, no me molestaba en absoluto lo que ellos pensaran, y quizás por ese motivo me aceptaron.
Pata de Indio, no era exactamente lindo, pero atraía por su cabello rasta, negro y dorado, los rasgos mestizos, “europeonegroindio” los músculos hechos a pesas cotidianas, y la energía nata que provee el cielo azul baiano, su mirada que por deshonesta acababa siendo sensual, sus pies de arena.

Fernanda fue la mujer más hermosa que había visto en mi vida, eso fue lo que también sintieron el Gurí, Chico y los otros. Venía de Recife para trabajar en el Bar do Farol Vermelho del Cerdo Guimaraes, como llamábamos a su dueño. Era un portugués rechoncho y sucio, del cual no se salvaba ninguna joven que viniese a trabajar con él, eran siempre muchachas pobres entre doce y dieciocho años, que él mismo reclutaba de las regiones más miserables del norte de Brasil, donde las familias abarrotadas de hijos se libraban de una boca y preferían ignorar los detalles del trabajo, más aún con la esperanza de recibir algunos cruceiros mensuales.
Llegó con un vestido azul, tenía pocas palabras y ojos violetas, Fernanda era la del sexo hecho pero jamás dicho. Tenía olor a semilla de girasol, y a pimpollo germinando; Fernanda volaba sin tener alas, sabía a frutilla de mañana, y olía a ron y whisky barato de noche... ojos violetas que amaba a Guimaraes cuando le pagaba, porque el Cerdo entre bebidas que servía y cobraba a sus clientes regaba a Fernanda, depósito de su semen. La muchacha perdió dos reglas, porque Guimaraes la retribuyó mejor para hacerlo sin forro y le dejó el vientre solo, el vientre oscuro. Fernanda abortó su corazón y no lloró pues no sabía.
Lloramos casi todos por ella. A esas alturas, todos la querían, pero la diferencia coincidía entre el Gurí, el Pata y yo, que no la queríamos, sino que la amábamos desesperadamente.
La guerra ocurrió una noche a las 12, en el lugar donde jugaban al fútbol, fue un duelo de pobres donde vale todo; el Gurí se plantó en posición de boxeo y Chico de capoeira, nuestras palmas entre eufóricas y nerviosas acompañaban el ritmo del birimbao y el pandero que hacían eco en el horizonte y nuestras voces entonaban: Capoeira meu amor vai ter briga de amor... La primer piña fue uruguaya, Pata de Indio cayó, pero se incorporó de un salto y olvidándose de la capoeira le hizo una zancadilla al otro, se arrojó sobre él y rodaron como dos milanesas humanas. No nos matamos porque Cida, una muchacha que estaba enamorada de Chico, dolorida hasta la médula, tuvo la sensatez de disparar al aire en el exacto momento en que el Gurí respiraba su último segundo. A mi no me dieron tiempo de luchar, tampoco hubo otra oportunidad. Esa noche Fernanda envolvió a su casi hijo y se lo entregó al mar, fuimos todos, un estribillo de lágrimas que duró hasta el amanecer. Yo permanecí junto a ella, y por la mañana maté al Cerdo Guimaraes, pero por opción de nuestro grupo, todos o nadie lo había hecho.
Fernanda me eligió, hasta ahora no sé si fue por gratitud o porque sí. El Gurí volvió a Uruguay y es mucho más que un compositor modesto, gana plata y de vez en cuando nos manda algo, Vinicius le quedó pendiente, se lo habíamos prometido pero ahora es tarde; Pata de Indio desconcertado con nuestra unión, se casó con Cida por Iglesia, Fernanda y yo fuimos los padrinos.


Isabel Estercita lew

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